Saturday, February 11, 2017

THE DARK GARDEN




The imagination, it gazes unblinking, it floats, in a cold cracked plaster room, somewhere between a bed unmade and a ceiling unlit and then, like sand, it trickles all too quickly through arthritic fingers to the floorboards and it is grit, at best, and it is gone.
    
1519. The New World. The Spanish stand steady, hands on hips and hilts, and here it is, under a steel grey sky, that they shimmer in their dark death garden. The Dark and Dirty stand sated out there beyond the treeline, backs turned upon sand once golden for them to grasp, but the trees do not care.

“Who here lies earth wrapped, worm eaten forever? None as yet? Boys! Haul up the boats and make them fast. I am required to bide my time until the very last.”
  
1629. Massachusetts Bay. The British stroll yonder, nonchalant, beyond the treeline. Myriad torches and pyres do spark to flame, greedy for land. Seaward glances, over their shoulders, back, out beyond the treeline. Virgin sand was once out there before the treeline, nothing more, a once upon a golden time coastline that night, so deep a black, had dulled for flame. The Dark and Dirty stand sated amidst ashes and ashen dark sand that lie out there beyond the treeline. Compost, the trees do not care.
   
 The confounded minstrels compose a melancholy refrain.

“Who here lies earth wrapped, worm eaten forever? None as yet? Boys! Haul up the boats and make them fast. I am required to bide my time until the very last.”
  
A shrill carefree laughter taunts. It taunts, it echoes in all the painful longing places, it trades from all the distant walls.

“Who here lies earth wrapped, worm eaten forever? None as yet?”

“Boys!” 





Seaward glances over a shoulder, toward hidden nightmare coves. There is never an easy night’s sleep out there beyond the treeline. There are shallow graves out there beyond the treeline, beyond the treeline, where history and time are compost. The trees, the plants, they do not care. Under a steel sky shimmers the dark garden, awaiting its troupe of strolling players. The confounded minstrels perform a melancholy refrain to invite you to the ball, minstrels a few, buffoons you all.

“Who here lies earth wrapped, worm eaten forever? None as yet?”
  
Between sticky rumpled sheets a head stirs, moves its unkempt, days unshaven face just slightly upon a sour pillow. Sweat. There are no dark curtains drawn to filter out a sickly morning light.
    
Silence.
    
Silence of a sort.
    
Tick…The hint of a sound, whiskers scratch across the smooth weave of a viscose pillowcase…Tock…The occasional breath, a distant gust of wind, rain against the glass…Tick…Glassy eyes stare toward and through condensation on the windowpane. At this most unearthly of hours it has created the greatest of damned and accursed storm cloud steel sky cataracts.
    
Tock…Cock a doodle doo…Cock a doodle doo…A bright new day is born.

Cistern toilet chain mouldy toilet homely stink curled bristle toothbrush bleeding gums, kitchen sink stares, gags clockwise, on half a cup of terrible stewed tepid tea toast, sibilant television talking heads stare vigilant, toast burnt…Tick…The split teabag leaves a silty runoff, brown, rusty water drains mud clogged gutter drain rain shards breaking glass industrial pop music in tinny earphones, trains clatter and screech through rusty sewers in the earth electric ozone baby, through rusty embankments plants feel their way down through rich mulch nutrients, under rusty red brick bridges over them brick crumbling, over rusty broken glass shards a shallow grave grit out there beyond the treeline plants feel their way up toward the daylight and, do not care, dogs cock their legs urine snarl shit excuse me excuse me skeletal umbrellas guns groans moans missing lost the human and never found dead condition position centre of it all see the sea see tea veeehement a voice here and there shrill voices here and gone please police broken bloodshot eyes thumbs on blue screens screams a million smiles to sell a million poster dreams shards screams die buy into this violent most delicate of flowers on the edge of the abys strangle die please fluorescent shimmer city telephones echo millions stutter, ringing into silence out there in empty spaces stutter stuttering and splutter spluttering and choking, choking, choking into strangled silence, no one, nothing, nothing at all, left for them to share.

Nothing but the constant hum of traffic, the hum of tyres on a none too distant motorway, neon blue, destinations in white, white light, red taillights to nowhere, no one nothing beyond the treeline where roots feel, they finger imperceptibly down through rich nutrients and faded yellow orange petals indiscernibly reach up to touch the soggy suffocating evening light.
    
Quite still, almost silent, under a steel sky, a dark garden awaits its troupe of strolling players, minstrels some, buffoons them all. It does not care.

“Boys!”






 The photograph "Steel Sky" © David F. Brandon, February 2017



Friday, November 04, 2016

PERMITIDO NADAR



El mundo moderno, transformador eléctrico, triángulo, peligro de electrocución, relé, repetir, interruptor del repetidor, encendido, apagado, sí, no, cero, uno.  ¿Es ese el zumbido, ohmio, ommm, no es ésa acaso la vibración en todo?


Desde torres galvanizadas hasta postes de madera, nervios de cobre tejen una tela cuasi geométrica, desde una marea de primavera hasta otra costa de pescado en descomposición, desde una frondosa arboleda atiborrada de basura hasta otra, sobrevolándolo todo, desde una hilera de setos estivales hasta las abejas muertas, insectos  aletargados, envenenados y erizos aplastados de la siguiente hilera de setos estivales, sobrevolándolo todo, de una casa de campo cubierta de musgo a la siguiente, cerdos de granjas industriales, desde un pueblo de metano al siguiente, sala de ordeño al aroma de orina ácida, desde un gris chaparrón de otoño, una ciudad fangosa hasta otra, sobrevolándolo todo,  desde la calle de una gélida ciudad atestada de mierda de perro hasta otra, por encima de la nieve a medio derretir, desde casas anónimas hasta una casa, desde un sinfín de pisos ruinosos hasta uno en concreto, desde múltiples habitaciones repugnantes hasta una en particular, la última habitación, fría hasta los tuétanos, desde una bombilla sin brillo hasta otra de ojo de cobre, nuestros cuerpos desnudos esforzándose sin piedad, demasiado gordos, demasiado delgados, demasiado granosos, demasiado hediondos,  demasiado feos, demasiado embarazosos, demasiado viejos, demasiado jóvenes, demasiado exhaustos, desde uno al otro, es inútil, no quieres ver toda esta porquería, parpadea, encendida, apagada, sí, no, cero, uno. Fundido en negro.


Esta red de cobre me ciega los ojos. Estos hilos de cobre literalmente me amarran. Amarrado. No podemos navegar hasta la luna infinita dentro de esta cavidad hoy, no podemos sumergirnos en los infinitos cráteres y mares de polvo en los que se permite nadar.


El ávido niño en mí sabe que se puede nadar en las puras olas heladoras de mi tiempo, aquí y allá, arriba y abajo, ahora y entonces, hoy, mañana, ayer, ondas de mi luz y mi sonido, suaves, ahora ensordecedoras, suaves, ahora violentas, mi luz y mi tiempo, ahora brillantes, ahora oscuros, más y más y más oscuros todavía, y nado porque se puede nadar, y adoro lo que mi intuición me ordena que debo odiar, y vivo con alegría lo que mi intuición me exige que urgentemente debo abandonar.

Ante ti, al niño en mí, con veneración me postro, por ser tan infame y cruel y desalmado, como sólo los niños pueden llegar a serlo. Mi cráneo es mi luna, retorcido, hinchado y distorsionado. Haz estallar la luna, pínchala. Ayúdame a salir de mis miserias exultantes, atrapadas como están en las sombrías y tristes cárceles color cobre de los demás. Descansa en paz, niño, envíame muerto y en llamas en una ola que ruja en la tormenta del aquí y ahora, mi cabeza hablándose a sí misma, henchida de poéticos pensamientos e imágenes de otros mundos inventados, compañeros de viaje que nunca son malignos, si acaso gratificantes, despiadados sí, y malvados, pero, ay, es el viaje al que acompañan que resulta cancerígeno.


Por una grieta entre la contraventana cerrada y la cortina corrida penetra en mi habitación, justamente, en un ángulo de principio de la tarde, la blanquecina luz del sol. Flotando en un aire en calma, ligeramente rancio, en el dormitorio una mota de polvo navega ociosa, espléndida, en un rayo de luz de plata, un sextante para los cálculos de mi rumbo, mis destinos y el tiempo, y en este atemporal momento sucede el viaje más brillante, más penetrante, más maravilloso que jamás  haya existido en mi inocente e infantil universo, una aventura de oro en los pliegues gelatinosos de mi defectuosa memoria, en los que los mejores hornean pan, toman café y esperan pacientemente que la masa suba. Luego el galeón pirata desaparece en los oscuros mares y queda libre, al igual que su tripulación de robustos marineros de bandera negra, y huelo el pan en el horno y el tostado del café flota en el oleaje, en una brisa de hace unos cincuenta años.


Todas las mejores personas, con todos sus buenos, amables pensamientos, cuelgan en la horca. Ohmio, ommm.


Un hombre recula a través de las sombras oscilantes y aprueba su creación. Se gira alejándose de su obra, satisfecho, pero entonces mira y ve el cielo de la tarde ante sus ojos.


El cielo...

Está manchado de pájaros.


 



"Safe to Swim / Permitido nadar". Pintura acrilica, 53 X 117cms © David F. Brandon, octubre 2016